Acomodandome en el sofá, colocando cojines... Tirada a lo largo buscando una postura cómoda para leer durante un rato. La joven de la perla. Está ambientada en Delft, una ciudad holandesa a unos cuantos kilometros de donde estoy ahora mismo. Creí que era una buena elección leer el libro rodeada de su propio ambiente. Donde las descripciones de canales, casas, calles y hasta gentes me resultaran familiares. Acerté. Y aunque hace más de un año que visité Delft, me sorprendí reconociendo algunos de los lugares que describe. Escuchando el eco de mis pasos por esas mismas calles que Griet recorre.
Tras sumergirme un rato entre sus paginas, levanto la mirada para observarlo. La luz del flexo le enmarca la cara absorta en la pantalla del ordenador. Sigo admirando la capacidad de concentración que tiene. La casa en total silencio y ese aire de tranquilidad que se respira... Todo parece un poco más lento, hasta casi el tiempo (y eso que siempre juega en mi contra cuando lo tengo cerca). Se está genial esta tarde. Después de toda la mañana fuera, llegar a casa sintiendo ese calorcito de hogar que tiene este apartamento. Es por la buena calefacción. Por mucho frío que haga fuera aquí siempre es "abril".
Me gusta mirarlo. Supongo que es una manía que nace de pasar tanto tiempo sin poder hacerlo. El sólo hecho de levantar la cabeza y verlo en la misma habitación que yo me hace sonreir. Una consecuencia de la distancia que hace que se aprecien más pequeños detalles. Levantarme del sofá, ir hasta ÉL, rozarle suavemente con un beso y mirar por encima de su hombro lo que escribe en la pantalla. Ver su sonrisa...
----------------------
Ahora estoy sentada frente a mi portátil. Junto a ÉL. Mientras ambos nos perdemos en nuestras respectivas pantallas, yo, de vez en cuando levanto furtivamente la mirada hacia ÉL. Y de paso, cojo un trocito de chocolate con forma de pepita de café y cierto saborcillo amargo. De vez en cuando nos sorprendemos las miradas. La verdad es que hoy se está genial.


